Me he decidido a escribir en este prestigioso foro, después de recibir una cariñosa e inmerecida visita de
su protagonista. No con ánimo de dármelas de entendido, sino para compartir con vosotros sino todo,
parte del provecho que he sacado de la misma.
De todo lo que he sacado en claro de la lección de José Manuel, que no han sido muchas cosas pero sí
fundamentales, me quiero quedar con dos conceptos:
Uno es el EQUILIBRIO, del cual no voy a hablar por ser cuestión tan manida.
El otro es una palabra que me suena y resuena en la cabeza como si él me la dijera cada vez que estoy
montando, principalmente cuando voy hacia el salto o pido una transición:
-“¡Tú, INAMOVIBLE!”
He reflexionado mucho sobre la palabreja, pues nunca antes la habían utilizado conmigo (y mira que yo
me muevo en el caballo). Siempre me habían aconsejado:
-“¡No te muevas!”
Que, como dicen en mi tierra, “es igual, pero no es lo mismo”. Para mí era un poco un sinsentido pues, es
evidente que, por el mero hecho de ir a caballo, uno va en movimiento.
Pero, de la otra manera, he captado perfectamente el mensaje y, para explicároslo, lo primero que he
hecho es irme al diccionario, en el que he encontrado la definición:
“adj. Fijo, que no es movible.”
Lo primero que hay que resaltar es la condición de adjetivo: es decir, es una característica, una actitud
que debemos tener.
Evidentemente, la definición es la que todos sabíamos, no movible (que no inmóvil)
Por otra parte, es un término también muy utilizado en ámbitos militares en alguna contienda, o en
cualquier discusión o disputa, cuando se quiere hacer referencia a no dejarnos comer el terreno. No sólo
físicamente, sino en nuestros principios o convicciones:
– “mantenernos inamovibles”
Esto no quiere decir actuar, o agredir de ninguna forma, sino más bien al contario:
Ejercer una resistencia pasiva.
En el proceso de la equitación, llega un momento en el que, el mantenernos firmes, hace que el caballo se
acostumbre a acoplarse a lo que se encuentra. Es decir, le transmitimos a él el impulso del movimiento.
En este sentido, buscando la palabra opuesta, “MOVIBLE”:
1. adj. Que por sí puede moverse, o es capaz de recibir movimiento por ajeno impulso.
2. adj. Variable, voluble.
La primera acepción nos indica que, el mantenernos inamovibles nos obliga a no movernos (o lo menos
posible) al recibir el impulso del caballo. Por el contrario, es el caballo el que se debe tornar movible al
recibir el nuestro (la orden o ayuda).
Mientras que la segunda:
a) Variable:
1. adj. Que varía o puede variar.
Aplicándolo a la hípica, me sugiere que el hombre se hace variable cuando se mueve.
Y también se hace:
b) Voluble:
2. adj. Que fácilmente se puede volver alrededor.
Es decir, nuestra voluntad y determinación se ven mermadas frente a la del caballo.
Pero, si permanecemos inamovibles, conseguiremos lo contrario de nuestro animal, es decir lo haremos a
la vez variable y voluble.
¿No os recuerda esto a la expresión que utilizaban nuestros mayores cuando, para referirse a una pirueta
vaquera, hablaban de “volverse sobre las piernas” o “revolverse”?
En este movimiento de máxima reunión, debemos permanecer muy quietos (inamovibles) y es el caballo
el que sí debe moverse al recibir nuestro impulso.
Pero, ahondando aun más en la cuestión y preguntándole al oráculo (wikipedia), nos encontramos con la
famosa:
Paradoja de la fuerza irresistible: Sabiendo que un cuerpo inamovible es un cuerpo al que ninguna fuerza,
por fuerte que sea, es capaz de mover, y teniendo en cuenta que una fuerza irresistible es una fuerza a la
que ningún cuerpo puede resistirse: ¿Qué sucede cuando un cuerpo inamovible se encuentra con una
fuerza irresistible?. Esta paradoja fue propuesta por Isaac Asimov en su libro «100 preguntas básicas
sobre la ciencia». La respuesta que el propio Asimov daba era que estos dos fenómenos no pueden darse a
la vez en un mismo universo, a pesar de que él mismo cuestionaba la validez de su hipótesis, ya que este
hecho no era demostrable, puesto que no se conoce ninguna fuerza irresistible o cuerpo inamovible, y por
tanto no han podido observarse los efectos de estos hipotéticos fenómenos.
Nosotros, los hípicos (y los caballos) sí tenemos la respuesta y la encontramos cuando, en tan contadas
ocasiones, nuestras fuerzas se unen y formamos ese todo entre el caballo y jinete que nos hace sentir
centauros o seres pertenecientes a otro planeta.
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